lunes, 4 de junio de 2012

Blancanieves y el cazador (Crítica)




Escribe: Raúl Lizarzaburu.- Mucha agua ha pasado bajo los puentes desde que el clásico cuento de hadas Blancanieves y los siete enanitos, escrito en el siglo diecinueve por los hermanos Grimm (a su vez de tradiciones más antiguas, recogidas previamente por Perrault en Contes de ma mere l’Oye) fuera llevado al cine con éxito en 1937, en el filme animado que marcaba el inicio de la Walt Disney en el largometraje. Hubo versiones desde la época muda luego vendrían otras versiones, algunas más o menos pegadas al cuento, otras paródicas con Los Tres Chiflados, variantes dark como la interesante Snow White: A Tale of Terror con Sigourney Weaver como la villana, hasta llegar a algunas eróticas e infinidad de cortos y episodios de televisión.
En cuestión de semanas hemos visto dos: Espejito Espejito de Tarsem Singh, con un pretendido toque de humor y Julia Roberts como la reina, y el filme que comentamos, Blancanieves y el cazador (Snow White and the Huntsman, 2012), dirigido por el debutante Rupert Sanders. En el guión de Evan Daugherty, John Lee Hancock y Hossein Aimini, basado en una historia del propio Daugherty, la premisa es similar en el inicio, para luego tomar algunos giros respecto al original. A los pocos minutos de sus alrededor de dos horas de metraje –que pudieron ser menos– el rey, muy querido por su pueblo (Noah Huntley), es asesinado por su segunda mujer (Charlize Theron), quien se hace cargo de la hija de él siendo una niña, pero la condena a vivir en una alta torre de su castillo mientras todos la creen muerta en una batalla. Siendo ya una joven, la chica escapa (entonces la interpreta Kristen Stewart) y huye por los bosques, perseguida por los hombres de la soberana sobre todo cuando el espejo le dice que su hijastra es la más bella del reino y no ella (para el caso nos quedamos con la Theron, pero en fin). En el camino Blancanieves hace migas con el cazador del título (Chris Hemsworth, el actor de Thor), cuya mujer fue asesinada y vive peleado con su pasado, y da una mano a la fugitiva. El guión de esta vuelta de tuerca de Blancanieves es endeble, los personajes inconsistentes, y los mayores logros están en los elementos de aventura –batallas, persecuciones a caballo–, la recreación de época y el uso de locaciones tanto reales como reconstruidas en diversos puntos del Reino Unido, donde fue filmada. También se puede citar ese aspecto algo terrorífico del espejo mágico. Los siete enanos aparecen, cómo no, convertidos en poco menos que salteadores de caminos, e interpretados por actores británicos como Bob Hoskins, Ray Winstone o Toby Jones, reducidos gracias a los efectos visuales. La Theron, que es buena actriz, no llega a compenetrarse con su personaje, y ni qué decir de Kristen Stewart, que parece creer que sigue haciendo la saga de Crepúsculo, incluida una suerte de menage a trois cuando reaparece William, su amigo de infancia (Sam Claflin).
Lo que preocupa es que dicen que Blancanieves y el cazador es la primera parte de una trilogía. Si esta es solo regularona –con buena voluntad–, cómo serán las otras dos, si las llegan a hacer.