domingo, 3 de junio de 2012

Halcones en el parque o la cazadora de almas de Carmen Ollé



Escribe: Sylvia Miranda (Escritora peruana afincada en España).- Halcones en el parque, la última novela de la escritora peruana Carmen Ollé, se acerca al género fantástico sin dejar esa línea realista de sus anteriores novelas, más bien, diría, reforzándola en un maridaje que sorprende, desde las primeras páginas, por la soltura con la que estos dos espacios se retroalimentan, creando un ambiente donde las pasiones humanas subvierten la chata y humilde realidad.
           
La narradora, monitora de “la Compañía”, sociedad comercial que compra almas a cambio de satisfacer los deseos de felicidad de unas pobres gentes, nos acerca a tres historias: la de Myriam, una joven lazarilla que acompaña a un horrendo ciego; la de Rocío, una vendedora ambulante, y su novio Kimi, un finlandés llegado a Lima en busca del amor; y la de Mirta, una emigrante pobre que vuelve para encontrar a su antigua patrona. Todos ellos tienen en común un parque por donde mendigan, venden o buscan. Espacio abierto que “guarda una ironía”, como dice la narradora, pues no se trata precisamente de un locus amoenus. Esta calle, este parque en la novela, es el espacio de los que no tienen hogar, de los que deambulan con sus miserias o se ganan la vida.

            El astuto Tomás, el jefe de la monitora, es el que se hace visible y firma los contratos con los pobres que venden su alma. El objeto es, como en Piel de zapa de Balzac, un talismán, en este caso un cuerno, con unas extrañas inscripciones entre las que sobresale: “Querer es poder”, en paralelo al “¿Me quieres? Tómame” de la novela del francés. Además, caracteriza al cuerno un olor pestilente y una progresiva putrefacción a medida que se va cumpliendo el destino. Los personajes se embarcarán cada cual en una aventura con un particular desenlace, y en el que el destino de la propia monitora, cuya visibilidad sólo se evidencia al revelarse en ella una emoción profundamente humana, termina comprometido.



Desde las primeras líneas, Halcones en el parque extiende lazos subterráneos aunque sensibles, con los grandes novelistas franceses del siglo XIX. No sólo por la pista clara del epígrafe de Balzac que abre la novela, más bien por esa mirada con la que la narradora se enfrenta a sus personajes. Una mirada que recuerda al naturalismo de Zola, donde no hay grandes héroes o antihéroes que vertebran y asumen la obra, sino donde los personajes simbolizan las fuerzas sociales a las que representan, en este caso a la gente más pobre, más desprotegida, más expuesta a la violencia, a las mujeres. Esta relación con la literatura decimonónica se confirma según avanza la novela en ciertos detalles, como la mención a la lectura de Los Miserables de Víctor Hugo o en el personaje de la novia francesa de Piotr, antiguo jefe de la monitora, que murió en una cárcel del siglo XIX.
Este rasgo del naturalismo permite al lector identificar a muchas muchachas pobres con Myriam, la lazarilla superficial y codiciosa. A muchos ciegos, o no ciegos, con hombres que explotan esa misma juventud y esa misma pobreza.

A muchas madres solas como Rocío que sueñan con encontrar el amor, el compañero, que pueda darles la vida protegida que soñaron para ellas y sus hijos. A muchas emigrantes pobres que encontraron fuera el paraíso y que vuelven a la tierra a restañar heridas. Esta representación social que se pone en juego es lo que hace tan verosímil la existencia de “la Compañía”, como símbolo del capitalismo salvaje, de la extrema codicia, del crédito abusivo e impagable de las grandes empresas comerciales que venden tramposas ilusiones. Porque existe ese contexto en la realidad del lector, “la Compañía” de la ficción resulta tan creíble.  

Los personajes de Carmen Ollé están inmersos en un ambiente de miseria y desilusión, pero no están vencidos, se aferrarán a lo fantástico, a pesar del inhumano intercambio, por obtener algo de la felicidad negada. Por ello la renovación del tema fáustico se adviene de una forma tan natural. Pero lo fáustico, no se limita a la venta del alma por lograr el amor sino que, como expresaba Marshall Berman, se convierte en un modelo que va más allá, y que para el anciano Goethe, a principios del XIX, significaba la posibilidad de encontrar una síntesis que uniese los desarrollos técnicos industriales de la época con los progresos sociales y espirituales de la humanidad. En este sentido, el tema fáustico en Halcones en el parque es otra derivación, totalmente desencantada esta vez, del profundo deseo que late en todo ser humano de encontrar una felicidad posible, una conciliación, en un mundo carcomido por el poder y la codicia.



Resulta admirable la capacidad de Carmen Ollé para encontrar, disfrutar, dejarse seducir, por los pequeños o grandes anhelos de la gente más pobre. Es allí, donde encuentra el alimento vivo para sus ficciones. Redescubre la sensualidad de ese mundo, su poesía, su carácter vital, explosivo. También su nobleza, su autenticidad. Y no sólo lo expone sino que lo asume, o se asume como parte de él. De allí que el personaje que narra se defina como “una cazadora de espíritus atormentados por la pobreza”, y que al final de la novela se vislumbre, en el futuro, como pobre mendiga. Como Zola su primera actitud es observar para luego penetrar en los personajes, en lo que los rodea y recrear las pasiones que los mueven. Hay un posicionamiento social en la autora, desde donde mira y comprende el mundo, que no pasa por el compromiso sino por la auténtica y profunda empatía. Por saberse parte de este mundo, de esta galería variopinta.

Otro aspecto que aborda el libro es la presencia del mundo espiritual como medio de conocimiento. El chamanismo, la lectura de la coca, el descubrimiento del karma, son misterios que nos revelan y que podemos alcanzar a través de los otros y de las otras cosas. Lo sobrenatural como vía de escape. Lo sorprendente siempre esperado frente a todo lo racional. Este tema está fortalecido por dos figuras icónicas, la ciudad del Cusco y el chamán.
Por otro lado, el tratamiento del tema sexual en la novela, como en toda la obra de Ollé, es central y complejo. Aquí, los personajes de Kimi y Rocío representan una atracción erótica en la que el exotismo por lo extranjero y una especie de redención afectiva por ambas partes determinan un enfrentamiento ingenuo, casi melodramático. La relación del ciego que viola a la lazarilla se desarrolla bajo la forma de una auténtica pesadilla. A veces uno se pregunta, ¿por qué no sale corriendo Myriam?, ¿qué la detiene? Es el fatum de muchos, no sólo el de Myriam. El horror está impreso en la inevitabilidad del acto. El amor romántico de Piotr y la francesa representa el ideal, el amor más allá de las convenciones, del tiempo y de las geografías. Por último, el deseo del cuerpo tiene su propia lógica y está representado en relación insólita entre Tomás y la monitora, una escaramuza sexual necesaria cuyo sentido se desconoce o fenece en el mismo acto.

El lenguaje ágil, fresco, el habla sencilla de los personajes, carga de veracidad sus relatos. Frente a ellos el nivel del discurso literario de la narradora marca el contraste con el de los personajes. Pero también en este ámbito, el del lenguaje, la autora plantea si bien una diferencia no una real oposición, para ello se vale de la ironía, aplicada sobre todo a los tecnicismos del mundo empresarial, por los que percibimos los dos niveles semánticos, el literal y el derivado, en que se mueve todo el tiempo la narración. Sin muchas metáforas, el lenguaje es realista y apasionado, como el grito de esos halcones que anidaron en el centro del árbol, en el centro del parque y aunque muchas veces no se quieran ver ellos sí quieren dejarse oír. Lima, Editorial San Marcos, 2011, pp. 109.
Sylvia Miranda
Madrid, mayo 2012