martes, 18 de septiembre de 2012

El cuervo (Crítica)



Escribe: Raúl Lizarzaburu

Mucho se ha escrito sobre Edgar Allan Poe (Boston 1808-Baltimore 1849), a quien se recuerda no solo como uno de los grandes de la literatura norteamericana en la primera mitad del siglo diecinueve (que incluye entre otros nombres a Henry David Thoreau, James Fenimore Cooper y Nathaniel Hawthorne) y como un maestro de los relatos de horror y misterio, sino también por su desordenada y perturbada vida, su afición por el alcohol y su frágil salud que lo llevaron a una muerte prematura siendo un cuarentón, cuando se esperaba mucho más de él.


Pues bien, el filme que comentamos, El cuervo: Guía para un asesino (The Raven, 2012), no es una adaptación del poema de Poe llevado al cine por Roger Corman en 1963, con Vincent Price –juntos hicieron toda una serie de películas basadas en relatos del autor– y Boris Karloff, quien actúa en otro filme llamado El cuervo, dirigido por Louis Friedlander en 1935, con Bela Lugosi como un científico loco obsesionado con textos de Poe. Esta vez el británico James McTeigue, que se hizo famoso hace unos años con la sobredimensionada V de Venganza, ubicada en una Inglaterra futurista y dictatorial con aliento a 1948 de Orwell, elabora una ficción con el propio Poe en la última etapa de su vida como protagonista, interpretado por John Cusack, que es la única estrella del reparto (y por ahí Brendan Gleeson, que actúa más en el cine inglés).


La anécdota del guión, escrito al alimón por Ben Livingston y Hannah Shakespeare, dice que Edgar, quien ya es mal visto por cantineros y parroquianos en los bares de Baltimore, planea casarse con la joven y bella Emily (Alice Eve), pero el padre de esta, el severo capitán Hamilton (Brendan Gleeson), no quiere verlo ni en pintura y se opone a la relación por la fama de borracho y bohemio de Edgar. Pero la trama principalmente gira en torno a un asesino en serie que se inspira en relatos de Poe para cometer brutales crímenes: por ejemplo un crítico literario es partido en dos por una gigantesca cuchilla (El pozo y el péndulo), un criminal irrumpe en un baile de disfraces (La máscara roja de la muerte) y así sucesivamente. Por esa razón, el detective Fields (Luke Evans), a cargo del caso, convierte a Edgar en sospechoso, pero luego este pasa a ser su principal colaborador en la investigación y luego encabezar la búsqueda de Emily, raptada por el psicópata. La idea puede ser interesante, y algunas secuencias nocturnas están bien hechas, pero lamentablemente incurre en tópicos del género hasta llegar a un desenlace que no es malo en sí, pero coronado con una innecesaria escena en París que será vistosa como estampita pero no aporta nada. 


John Cusack, buen actor, lleva todo el peso con su personaje y, cabe decirlo, lo hace decentemente. Otros logros están en la factura técnica, léase la recreación de época, el vestuario y la fotografía de Danny Ruhlmann en escenarios de Serbia y Hungría, donde fue rodada haciendo las veces de la Nueva Inglaterra decimonónica. Pero no basta, y El cuervo queda como un filme regularón nomás, como lo fue V de Venganza, lo que confirma a James McTeigue como un director, si bien pretencioso, sin mucho vuelo, pese a su legión de fans.