martes, 23 de octubre de 2012

Atrapado en el infierno (Crítica)


Mel Gibson, sin ser un gran actor, tiene un mérito: se desenvuelve en todos los géneros, y este eficaz ejercicio de acción con toques de humor no es la excepción

  
Escribe: Raúl Lizarzaburu.- Una vez más, el título con el que se estrena un filme en nuestro medio nos conduce a algo que no es. Uno ve en la cartelera Atrapado en el infierno y se imagina un tremendo drama carcelario en el que el protagonista pasa una serie de suplicios, como el joven americano apresado por intentar sacar hachís de Turquía en Expreso de medianoche. Pero nada que ver.


El nombre original es Get the Gringo (¿no sonaba mejor Atrapen al Gringo, como se le conoce por otros lares?), y marca el debut en el largo de Adrian Grunberg, luego de varios trabajos como director de segunda unidad para cineastas como Oliver Stone, Michael Mann o el finado Tony Scott. Es, además, coautor del guión con Stacy Perskie y Mel Gibson, quien a su vez es coproductor y protagonista (y se nota su mano en la dirección; también trabajó previamente con Grunberg). El filme, acompañado por una persistente narración en off, se inicia con una persecución en auto al compás del grupo Ten Years After: un patrullero va a toda velocidad tras un auto en el que fugan dos sujetos con una millonada en dólares. Uno está disfrazado de payaso y el otro es Driver (Gibson), a quien se conocerá luego simplemente como el Gringo en cuestión. Están en California, y al cruzar la frontera el falso payaso es abatido y su compinche arrestado finalmente por oficiales americanos y llevado a una cárcel mexicana de máxima seguridad llamada El Pueblito, después de disputárselo –botín de por medio– con sus colegas americanos.


El Gringo pasa algunas dificultades al comienzo de su encierro, que logra superar, ya que se las sabe todas. Y no solo consigue adaptarse, sino que consigue pasarla bien, más aún cuando se hace amigo de un despierto niño (interpretado por Kevin Hernández; ojo con él), hijo de una misteriosa mujer que, a decir del chiquillo, sale a trabajar por las noches. Y es que al interior de la cárcel hay drogas, trago, puestos de comida, un mercadillo y hasta mujeres al mejor postor como parte del anillo de corrupción y negocios turbios liderado por el peligroso Javi (Daniel Giménez Cacho), mientras mafiosos y policías corruptos andan tras el dinero robado. Estos elementos contribuyen al tono por momentos festivo del filme, junto a otros como el mexicanísimo ring de lucha donde Blue Demon Jr. aparece como sí mismo. Por supuesto que hay acción, peleas, torturas, sangre, y una espectacular balacera en cámara lenta al mejor estilo Sam Peckinpah, aunque en otras escenas se acerca más a los contemporáneos Tarantino o Rodríguez. El tono de humor, rayano en el absurdo, se acentúa en el último tramo, en el que el Gringo puede imitar por teléfono la voz de Clint Eastwood (en una secuencia de antología) o salir campante luego de provocar una explosión.


Mel Gibson, sin ser un gran actor, tiene un mérito: se desenvuelve en todos los géneros, y este eficaz ejercicio de acción con toques de humor no es la excepción. Aquí sale airoso. Además cabe esperar un próximo trabajo de Adrian Grunberg, un nombre a tener en cuenta para el futuro.