martes, 2 de octubre de 2012

Dredd (Crítica)



Escribe: Raúl Lizarzaburu

¡Estrenos!El cómic Judge Dredd fue creado en 1977 en Inglaterra con textos de John Wagner y viñetas del español Carlos Ezquerra e hizo sus primeras apariciones en la revista de historietas 2000 AD. Casi dos décadas después, en 1995, llegaría al cine en El Juez, una mediocre versión dirigida por Danny Cannon (que con el tiempo haría filmes como Todavía sé lo que hicieron el verano pasado y ¡Gol!), y con Sylvester Stallone en el papel del héroe.


Pues bien, el personaje y su mundo vuelven a la pantalla en Dredd (íd., 2012), esta vez con ayuda del 3-D y de la mano del director británico Pete Travis, que ha trabajado básicamente en miniseries y telefilmes pero en cine se le recuerda por Vantage Point, thriller político que narra al estilo Rashomon un complot para asesinar al presidente norteamericano. El guión de Alex Garland –autor de varios filmes de Danny Boyle– se ubica en un futuro cercano, cuando Boston y Nueva York han formado un solo conglomerado urbano de muchos millones de habitantes, e imperan la violencia y el caos y la justicia es impartida por los jueces, que además de las funciones propias de tales patrullan las calles como policías y emplean las armas para repeler el crimen. Uno de ellos, de alto rango, es Dredd (interpretado por Karl Urban), que debe afrontar una difícil misión acompañado de la novata Anderson (Olivia Thirlby), una joven con el don de leer la mente, que en su primera salida a la calle tendrá una verdadera de fuego: ambos deben ir tras los pasos de la peligrosa Ma-Ma (Lena Headey, con un corte en el rostro), jefa de una banda que trafica un alucinógeno conocido como Slo-Mo, que altera y reduce al mínimo la actividad del cerebro, y genera sensaciones como la de estar flotando.


Cuando van a buscarla al gigantesco edificio donde ella está atrincherada con su gente, y en el que vive además una multitud de familias, quedan atrapados en su interior, y en ese microclima se desarrolla la mayor parte del filme, con reminiscencias del John Carpenter de Asalto al precinto 13 o Escape de Nueva York. Entonces enfrentan a los hombres de Ma-Ma, sea peleando o a balazo limpio, y, a diferencia del Dredd de Stallone, a Karl Urban nunca le vemos la cara y se queda siempre con su casco que nos recuerda al de Robocop. Las escenas de violencia están bien hechas en un trabajo que se mueve entre el policial y la ciencia ficción, si bien el universo decadente en que se sitúa no luce muy futurista (aunque es interesante el diseño de producción), salvo en detalles como la facultad de clarividencia de los jueces. El uso del 3-D se hace notorio en algunas secuencias, por ejemplo las caídas desde cientos de metros en cámara lenta por efecto del Slo-Mo. Si se trataba de superar la versión de los noventa, este Dredd no tenía la valla muy alta. Pero aun teniendo en cuenta ese detalle, es un efectivo ejercicio de acción fantástica.