martes, 16 de octubre de 2012

El final de los sentidos (Crítica)




Escribe: Raúl Lizarzaburu.- Con esta película pasa algo curioso. O, mejor dicho, con su director, el británico David Mackenzie. Acá lo recordábamos por la olvidable comedia romántica Un seductor irresistible, con Ashton Kutcher (de esas que este actor hace siempre) y Anne Heche. Pero el filme que comentamos, El final de los sentidos (Perfect sense, 2011), es algo completamente distinto, tanto en su temática como en el nivel.


Se le podría calificar de un melodrama apocalíptico, si hubiera que ponerlo en algún subgénero. Coproducción anglo-danesa, el guión de Kim Fupz Aakeson se ubica en la Gran Bretaña actual y va acompañada, a intervalos, de una narración en off. Uno de los dos protagonistas es Michael (Ewan McGregor), un chef que siempre anda en busca de innovaciones en los platos de un restaurante de Glasgow, la ciudad más importante de Escocia junto con la capital Edimburgo. Su vida transcurre sin complicaciones hasta que descubre que ha perdido el sentido del gusto. Y de pronto no solo él, también todas las demás personas a su alrededor y en las calles, sin explicación alguna. Lo que significa la ruina para cualquier negocio de comida, y se refleja en las mesas vacías, o en el poder tomarse el jabón sin asco al bañarse.



En medio de ese desconcierto general inicia una relación con Susan (Eva Green), una epidemióloga que investiga el extraño fenómeno que luego se expande a los demás sentidos: el olfato, el oído, a medida que transcurren los días, las semanas, los meses, contados debidamente en el filme. El andamiaje narrativo aplicado por Lawrence es, por decir lo menos, atípico. Comienza como un drama romántico, con cierta carga erótica, y adquiere un tono intimista con los secretos que cada cual guarda en su respectivo pasado y va revelando al otro. Pero luego, a partir de una premisa en apariencia simple, va agarrando forma y tomando diversos giros –tanto en lo argumental como en lo visual– para convertirse en una historia de ciencia ficción digna del fin del mundo, que nos pinta una desaparición progresiva de la especie, con algunas secuencias filmadas in situ en lugares distantes entre sí como Dinamarca, Kenia o la India.


 Uno se pone en ese escenario y consigue transmitir una sensación de caos (es notable la secuencia en que la gente comienza a comer pescado crudo en masa) con un aliento a Melancolía de Lars von Trier, la del planeta que se acerca a la Tierra (es coproducida por Zentropa, la compañía del polémico cineasta danés) y también al Danny Boyle más impactante, de la desolación de Exterminio al sol apagándose lentamente de Alerta solar y el vértigo de Trainspotting (incluidos dos de sus actores, McGregor y el flaco Ewen Bremner). La fotografía de Giles Nuttgens capta debidamente el clima de angustia. Connie Nielsen aparece unos minutos como la hermana de Susan, y en una breve escena vemos a Anamaria Marinca, la rumana actriz de Cuatro meses tres semanas dos días, como una artista callejera que toca el violín. Y este experimento llamado El final de los sentidos puede considerarse un acierto del director David Mackenzie.