viernes, 1 de febrero de 2013

¡Aquí hay poesía!




El escritor y crítico Gabriel Ruiz Ortega nos da sus puntos de vista sobre Cuadernos de quimioterapia, la última entrega de la poeta Victoria Guerrero Peirano



Es cierto que la poesía peruana en los últimos treinta años (o quizá un poco más) experimenta un franca caída libre. Ya no estamos en los decenios maravillosos, cuando la cantidad de poemarios publicados no sentía divorcio alguno con la calidad. Ahora debemos hurgar, dejar de lado los amiguismos o favores. Visto así, no digo gran cosa; sin embargo hay repetirlo cuantas veces sea necesario. Hoy en día estamos en la casi “nada” poética, “nada” repotenciada por los ánimos ocultos al momento de valorar, se nos miente de manera descarada y pobres de aquellos que creen y hacen suyas esas mentiras, entonces corremos el riesgo de seguir en el círculo vicioso de la mediocridad, porque la poesía, muchacho/muchacha, no es solo ritmo y efectismo verbal, es también compromiso vital con lo que escribes, puesto que solo así, por más bueno, regular y malo que seas en tu comunión con ella, llegarás a hacer algo mínimamente honesto.

Porque la poesía es honestidad. En la poesía no hay lugar para lo falso. Un chorrito de falsedad (posería), lo pudre todo. Así de simple. Así de dura y pendeja es la poesía, y más aún la de nuestra tradición, quizá la mejor en castellano.
Semanas atrás leí el último poemario de Victoria Guerrero, Cuadernos de quimioterapia (Paracaídas Editores, 2012). Y lo volví a leer la noche de ayer, motivado por la visita de un poeta, que admiro y respeto, con el que estuve conversando de, vaya novedad, de poesía peruana contemporánea, rememorando en algo las sesiones de su ya mítico taller de poesía que dirige, algo más de dos décadas, en una universidad nacional.

Cuando hablamos de la poética de Guerrero, coincidimos en una conclusión: Guerrero es lo más importante que le ha pasado a la poesía peruana en los últimos treinta años. Su poesía, ante cada entrega, no ha experimentado otra cosa que no sea el fortalecimiento, proyectando en el lector una lozanía discursiva, haciéndola más fresca y vigorosa, en comparación con otras propuestas –algunas de ellas, a la fecha, canónicas o en vías de serlo – a las que no solo ya le han salido canas, también visibles arrugas.

Hay que tenerlo en cuenta desde ya: Guerrero debe figurar entre nuestras cinco voces poéticas vivas más importantes. Claro, si incluimos a nuestros queridos muertitos, estaría un “poco” más atrás. Pero esta es nuestra realidad, una grata realidad, porque estamos ante una pluma que indefectiblemente tiene todos los requisitos para dejar escuela, tradición personal; escuela y tradicional que estoy seguro a ella no le interesa impartir. Porque es una poeta de verdad. Lo suyo es escribir y lacerarse en la poesía, cimentar incomodidad en ella misma, disponer del sufrimiento personal-familiar (ver el pequeño sobre que acompaña la presente entrega), siendo este el único canal con el que atraviesa los tópicos que le conocemos desde El mar, ese oscuro porvenir, título bisagra en su obra. Tópicos que ya le conocemos, pero ahora bajo una voz íntima que grita y llora, llevando la indignación y decepción personales hacia una interpretación del mundo de hoy; hacia una desacralización de referentes poéticos no solo en castellano; hacia una postura política, porque estamos ante un poemario político; hacia una estado de violenta contemplación ante las oleadas de las enfermedades, la enfermedad, violenta contemplación que arde con la verdad de la palabra, su palabra.

Cuadernos de quimioterapia, no apto para lectores fáciles, mucho menos ingenuos.

Sobre Gabriel Ruiz Ortega



Es autor de la novela La cacería (2005) y hacedor de la antología de nueva narrativa peruana Disidentes (2007). Administra el blog La fortaleza de la soledad http://la-fortaleza-de-la-soledad.blogspot.com/