miércoles, 20 de febrero de 2013

“No”


Primera película chilena candidata al Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa, actualmente en cartelera local


 Escribe: Ricardo Bedoya


“No” es la más clara, simple y luminosa de la trilogía de películas de Pablo Larraín sobre la era Pinochet que completan “Tony Manero” y “Post Mortem”. Aquí no se exhibe esa complacencia en lo sórdido que terminaba imponiendo en las películas una seriedad forzada, un tono admonitorio y el consabido un guiño progre para los festivales.

“No” es más ligera y relajada, aunque no está exenta de ambiciones. Apuesta al docudrama y a los efectos de distanciamiento. “No” está grabada en vídeo analógico, el mismo que se usaba para las emisiones televisivas del año 1988, cuando se realizó el plebiscito que dio fin al gobierno del dictador. Es decir, la imagen carece de definición o nitidez y de profundidad de campo.


La tosquedad del recurso iguala la textura de las imágenes de la ficción de hoy con las imágenes de la publicidad de hace 25 años. Sin duda, la decisión es discutible, pero el “efecto de realidad” que crea es perturbador: encontramos a un Patricio Aylwin de más de ochenta años ubicándose en un set frente a una cámara de televisión y de pronto, con la misma textura visual, en la simultaneidad del tiempo y del espacio impuesta por la ficción, lo vemos sobre una pantalla de televisión con los rasgos físicos de hace 25 años. Episodios como este, que se repiten luego con otros personajes, y que borran las marcas entre el documento y lo representado (¿qué pensaría André Bazin de todo esto?), justifican la opción de Larraín de grabar la película con ese vídeo de baja definición.


Por lo demás, “No” es una fábula que cuenta el triunfo de un empeñoso David, mejor dicho René Saavedra (Gael García Bernal), que logra derrotar al gran Goliat con las armas que el monstruo le puso en sus manos: esas herramientas con las que se elogian los productos líderes del libre mercado. Y de paso enfrenta a los dogmáticos que creen que el humor y la alegría es una traición a la causa del pueblo.

Y en este cuento agradable de ver, pero sin mucho vuelo, destacan el villano y la escéptica: Alfredo Castro, encargado de tutelar la rebeldía del triunfador y asimilarla en el sistema que nunca cambia, y Antonia Zegers.