miércoles, 24 de septiembre de 2014

¡Humareda en la Ensad!



La puesta en escena se puede ver en la sala Ensad hasta el 09 de octubre 






Escribe: Luis Paredes (Crítico de teatro)


Cuando se realiza un proyecto escénico que implique un rescate, la dramaturgia se tiñe de un color de esperanza y renovación. Creo que este ha sido el caso de “Noches de Luna” de César Vega Herrera. Una obra que ha marcado la segunda oportunidad de Rafael Hernández que asume el complejo rol de Víctor Humareda, y todo lo que ello implica; tratándose de un personaje que en la vida real se mostró con una desfachatez y extravagancia comparables con los grandes artistas excéntricos llámese Salvador Dalí, Vincent van Gogh y Paul Gauguin.

La pieza, dirigida por Jorge Sarmiento, adopta el estilo del pintor: el expresionismo, para mostrar un mundo poblado de fantasmas y delirios, con ingredientes fantásticos en lo que se refiere a la colosal imaginería de figuraciones plásticas del pintor.

Humareda llega hasta nosotros transido de una serie de recursos grotescos que van con su persona, pero mimetizado con el mundo de La Parada donde escogió su lugar de residencia: es decir, rodeado de locos, prostitutas y mendigos de toda clase y condición. Grupo humano privilegiado por su pincel y trastocado hacia los arlequines y pierrots de los cabarets alucinados que frecuentaba el artista.

La impronta del teatro en su pintura no es débil, por el contrario, muchos de sus personajes se alimentaron de las puestas en escena que como un visitante privilegiado observaba para extraer sendos apuntes que eventualmente conformarían inolvidables pinturas…

Obras como La Muerte de Dantón, dirigida en Lima por Sergio Arrau han sido inmortalizadas por cuadros del pintor; así como Encuentros de Zorros de Yuyachkani, cuya estética se aproximaba al mundo marginal del artista puneño.

 En el caso personal del actor Rafael Hernández…Su mundo interno ha sido poblado de anécdotas en los cuales el pintor aparece persiguiendo a los personajes del Alma buena de Sechuan, montaje que él dirigiera a comienzos de la década de los ochenta. Así han quedado apuntes valiosos de Chen-te, Chui-ta, el aguador, el aviador, y una galería de escenas inmortalizadas por sus trazos.




Sin embargo, Humareda no es solo locura y fervor por la pintura (que en la obra se destaca y constituye una clase para quienes quieren adentrarse en la aventura del color) no: Humareda también es el amor. El amor alucinado por Marilyn Monroe, que fue su musa espiritual, pero también carnal. 

Habitante selecta de los recovecos de su memoria, dónde la evocaba con las galas de sus mejores películas y también tal como vendría al mundo en una colección de afiches que le regalara su amigo fotógrafo Herman Schwarz. Ese amor lo marcaría tanto que forma parte de la centralidad de la obra de Vega Herrera y denota una de las facetas más características del pintor.

Aparece en la obra la impronta de los años cincuenta: con sus ritmos como el mambo y Celia Cruz y la violencia humana y colorida de La Parada y lo que significó para configurar el mundo alucinado de su pintura que recala siempre en la marginalidad y dolorida condición de una fauna que se esfuerza por combatir la pobreza con los pocos medios que le brinda la sociedad.

Humareda es un pintor que resulta del medio tan fuerte que vive, puneño trasplantado a Lima y Buenos Aires, donde forja su mirada…Habitante de París de donde sale espantado por una realidad que lo agobia, y superviviente de La Parada donde conversa con los filósofos y artistas del pasado con la misma frecuencia que un mago. 

Marilyn lo humaniza y lo alucina; lo conmueve y lo excita, lo vitaliza y lo aloca al tiempo que compone su documento humano que lo sumerge en un mundo que no entiende, pero que a fuerza de negarlo pinta con absoluta transparencia.