viernes, 26 de diciembre de 2014

Denisse Vega Farfán: “Cada escritor debería procurar alcanzar su decir único”



“El cliché estará siempre fuera de lugar si de avanzar en tu escritura se trata…”, nos dice la autora del poemario “El primer asombro”, en las siguientes líneas 



Foto: Lidia Farfán



Hace poco, la destacada poeta trujillana Denisse Vega Farfán, autora además de los libros “Euritmia” (2005) y “Una morada tras los reinos” (2008) Premio Poesía Joven del Perú, presentó “El primer asombro” (Animalde Invierno y Paracaídas Editores), su tercer y más reciente libro de poemas considerado por algunos críticos como uno de los mejores del presente año 2014 a punto de culminar.

Además de formar parte de la antología Poetas Peruanas de Antología (2009) de Ricardo González Vigil, entre otras, sus poemas han sido traducidos al inglés y francés publicándose en revistas como “Hueso Húmero”, “Fórnix”, “Periódico de poesía” (UNAM, México), “Un vicio absurdo” y “Review” (Nueva York).

Justamente sobre el citado poemario, el poeta José Carlos Yrigoyen dice: “El primer asombro es un libro luminoso. No hay pliegues ni repliegues, no hay dobleces en el discurso…” Para charlar al respecto, Lima en Escena entrevistó a la autora.

-El primer asombro me llamó la atención por la contundencia de cada uno de sus poemas que no caen en el cliché menos en la anécdota trivial. ¿Cómo fue la construcción de este libro, ese día a día frente a la hoja en blanco?

-Fue tenaz. Había publicado “Una morada tras los reinos” en el año 2008 y me urgía dar un giro en el lenguaje y en la forma de abordar la Poiesis.  Enrumbé y deshice proyectos hasta sentir que tenía algo diferente entre manos. En cuanto a la apreciación que haces, justamente creo que lo que trato de aprehender con la poesía es esa revelación o conocimiento en particular que pugna por perderse ante una mirada distraída. En esto, el cliché estará siempre fuera de lugar si de avanzar en tu escritura se trata.  Cada escritor debería procurar alcanzar su decir único y, en todo caso, que la anécdota sea trascendida en el poema.

 -Tienes una especial mirada, vínculo para ser más exacta, con una serie de disciplinas artísticas. La plástica es tal vez la principal. Manos es como un lienzo y el epígrafe de Walcott no es casual ¿no?...

-Siempre soñé con ser artista plástico. En el 2005 integré un taller, hice algunas pinturas e incluso las expuse localmente. Hubo un momento en que me di cuenta que mis herramientas eran insuficientes, mis circunstancias de vida no eran favorables para progresar en esta disciplina, y me aparté.  Pero siento hasta ahora que la pintura ha sido mi gran escuela para escribir, mi gran puerta, tanto así que cuando abandoné su práctica me dije: “escribiré como pintando”. 

Esa infinitud en las gamas, la plasticidad, la proporción, la perspectiva, la textura, el color, hasta el “aroma” en un poema… Esas asociaciones estuvieron muy presentes cuando, por ejemplo, escribí “Una morada tras los reinos” e “Hippocampus”…  El caso del poema que mencionas tiene que ver específicamente con mi abuelo materno, quien fue ebanista.  La idea era buscar un diálogo con su trabajo manual y mi escritura, rendirle un tributo, pues a juzgar por su legado fue todo un artista en su oficio.  No soy de llenar con citas mis libros, pero la Walcott encajó bien, que traducida es más o menos así: “Si mi oficio es bienaventurado; / si esta mano fuera tan/ esmerada, tan honesta/ como las de su carpintero”.

 -Sobre un fresco mochica… escribes: ¿con qué poema iré a hacer el pago al final de mi oscuro viaje?...Explícanos sobre este diálogo poético entre tu proceso creativo y la cultura mochica.

-Nunca me ha dejado de sorprender la entrega, el involucramiento que tuvieron las culturas precolombinas en el pago a sus dioses, como si de eso dependiera el orden del mundo.  Eso me pareció tremendamente tentador para la poesía. La idea de aplicarnos en escribir lo mejor posible, evitando los poemas de “relleno”… 

-Para cerrar este capítulo. Máquina de coser me cautivó. La belleza de este poema en particular se percibe desde el inicio: “Por ese metálico agujero/viajaron todos tus hijos…” Cuéntanos la historia de esta entrega.

-Es un poema que tiene ver con mi abuela materna, su oficio que fue la costura, y a quien junto con mi abuelo considero mis dos legados artísticos.  Ciertamente hay una historia familiar que se empodera en el poema.  La idea inicial era el diálogo entre su arte y mi escritura, como hice con el poema “Manos”, pero su peso como un personaje en sí mismo ganó lugar.  Mi abuela era el engranaje de la familia, una  persona de una resiliencia a toda prueba, aspirante a sabia.  Sus convicciones me marcaron mucho, a pesar de que falleció cuando yo era muy niña.

 -En El Oído de los dioses hay una especial evocación a los poetas Kavafis, Pessoa, Keats… ¿Cuál es la importancia de sus voces en tu día a día?

-El rigor que debe tener la poesía, la autenticidad, y la honestidad de quién eres ante la vida.





-Háblanos sobre tu relación con el poeta austriaco Georg Trakl a quien le dedicas un hermoso poema...

-Trakl es un poeta que aprecio mucho, y hacia quien tengo ahora algo más que un prurito poético.  Inicialmente por la originalidad de su discurso en cuanto a la oscuridad, la naturaleza, la divinidad, que son temas que me interesan mucho, esa resistencia al desgaste producto de la entrega aleccionadora hacia el oficio.  Y claro, luego por su perturbadora biografía, tan entroncada con el aliento y logros de su poética.  

A propósito del centenario de su muerte, reflexionaba hasta qué punto  había llegado a sus 27 años, visto y vivido, y en el punto que me encontraba yo.  Todo me reclamaba un diálogo, como suelo denominar mi acercamiento a un autor a través del poema, y vengo desarrollándolo en el proyecto de un nuevo libro.  Por otro lado, más allá de la implacabilidad del tiempo, siempre me fascinó la imagen de un par de muchachos, contemporáneos, caminando por las playas del Lido, conversando de todo.

 -La pintora Victorine Meurent está presente en tu poética y a través de tus versos la evocas y nos rendimos ante su belleza como lo hizo en su momento Manet quien la pinto en su Olympia…

-La idea del cuarto capítulo era explorar, entre otras cosas, el tema de la belleza. Un concepto que me sigue pareciendo tan maravilloso como complejo. ¿Qué es belleza?  Victorine Meurent fue propicia.  Esa afirmación natural en su desnudez, esa mirada inteligente y frontal hacia el espectador en “Almuerzo sobre la hierba”, su capacidad camaleónica, es decir, de rebatir incesantemente lo que se cree apreciable o no en arte.

-Tu poética camina de la mano de las artes visuales y la cultura por donde transitas: la peruana, la china, la canadiense… 

-Los viajes son para mí escenarios poderosos, y bueno pues, trato de aprehender en la medida de mis posibilidades esas experiencias en mi poesía, esos contrastes.  

-La muerte es una evocación recurrente, una especie de ensueño. Es más, parte de los protagonistas del libro: poetas y pintores ya no están entre nosotros pero pueblan la geografía del libro… ¿Es un oda a la soledad, a la tristeza, o sencillamente es un homenaje a estos seres que habitan en tu imaginación?

-El poder de la muerte en mi escritura quizás tenga que ver con el hecho de que te marca una advertencia de lo que tienes que apresurarte a acometer, enfrentar, remolcar.  Esa lucha en fijar algo valioso en palabras. Por otro lado, no lo veo como una oda a soledad ni a la tristeza, cada uno de ellos celebró la vida y sus pasiones a su modo, gozó con su arte, fue fiel a sí mismo.